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Me estoy jugando en cada movida la habilidad de creer en mí, de intentar pensar que no soy una completa inválida emocional.
En cada partida se juega mi dignidad
y mi capacidad de prever el siguiente movimiento,
que al parecer siempre es el mismo: insistir.
Y entonces gana siempre el otro, cualquiera que me maravilla con un par de palabritas dulces  

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